No sabemos porqué la gente habla de ángeles de la guarda. No sabemos porqué la gente habla de ángeles negros. No sabemos porqué la gente habla de una vida mejor.
Cada vela apagada, cada alma desolada, cada luz en la oscuridad, todo tiene su porqué y su respuesta.
Cada sonido en el silencio, cada olor de una rosa negra, cada destello de luz entre nubes, todo tiene su respuesta y su porqué.
Todo puede comenzar y acabar en un viaje, en un minuto, en un instante.
Todo puede ser fruto de la imaginación, o de la realidad. Todo puede ser fruto de un sueño o de una pesadilla. Todo puede ser casualidad, o lo escrito por el destino.
Una risa puede comenzar y acabar en un instante. Un viaje puede comenzar y acabar en un instante. Una vida puede empezar y acabar en un instante.
Se habla de gente con un ángel de la guarda, con un ángel negro, con su protector.
Se habla de gente que le mira a los ojos a la muerte y su ángel le salva.
Se habla de gente que vuelve a nacer después de haber muerto.
Todo se convierte caótico cuando el propio volante te engaña. Cuando tu propio orgullo te hiela. Cuando tu propio camino te traiciona.
Y tal vez, haya gente que verdaderamente tenga un ángel de la guarda. Y tal vez, haya gente que ciertamente será protegida. Y tal vez haya gente que le pueda mirar a los ojos a la propia capa con su guadaña.
Todos esperamos un ángel negro, pero pocos lo tienen.
sábado, 20 de marzo de 2010
Rosas
Aún me recuerdo la primera vez que me regalaste rosas. Aún recuerdo el primer 14 de febrero que pasé contigo. Aún recuerdo las primeras lágrimas que derramé por ti.
Pero todo fueron recuerdos que se llevó el viento con los pétalos de las rosas que me regalaste.
Ahora es a ella a la que le regalas esas primeras rosas, esos primeros recuerdos, esos primeros besos en el Boulevard.
Ahora yo paseo sola en las lluviosas tardes sin más compañía que la luz de la alta farola
de la calle Central.
Ahora esas rosas son besos para ella, y lágrimas para mí. Ahora esas rosas son sueños para ella, y pesadillas para mí. Ahora esas rosas son deseos para ella, y desesperaciones para mí.
Los pétalos de aquellas rosas son corrientes marinas que se lleva el mar del norte. Los pétalos de aquellas rosas son corrientes de aire que se lleva la brisa de la montaña. Los pétalos de aquellas rosas son gotas de agua que se lleva el agua.
Esos pétalos llegan hasta la última frontera, donde me dijiste que me llevarías. Esos pétalos llegan hasta la estrella más alejada de todas, la que dijiste que me darías. Esos pétalos llegan hasta el fin del mundo, donde me dijiste que me llevarías.
Ahora es a mí a la que toca recoger los pedazos que quedaron de mi destrozado corazón rojo. Rojo como los pétalos de aquellas rosas. Rojo como tus labios. Rojo como los lazos de los primeros regalos que me diste.
Ahora yo recojo los sonidos de vuestras discusiones, y el olor de vuestros besos.
Ya tu materialismo no me importa, pero siempre estará en mí el deseo de volver a tocar esas rosas como hacía antes. De apreciar esas mil rosas. De oler esas mil rosas. De llorar por esas mil rosas.
Pero todo fueron recuerdos que se llevó el viento con los pétalos de las rosas que me regalaste.
Ahora es a ella a la que le regalas esas primeras rosas, esos primeros recuerdos, esos primeros besos en el Boulevard.
Ahora yo paseo sola en las lluviosas tardes sin más compañía que la luz de la alta farola
de la calle Central.
Ahora esas rosas son besos para ella, y lágrimas para mí. Ahora esas rosas son sueños para ella, y pesadillas para mí. Ahora esas rosas son deseos para ella, y desesperaciones para mí.
Los pétalos de aquellas rosas son corrientes marinas que se lleva el mar del norte. Los pétalos de aquellas rosas son corrientes de aire que se lleva la brisa de la montaña. Los pétalos de aquellas rosas son gotas de agua que se lleva el agua.
Esos pétalos llegan hasta la última frontera, donde me dijiste que me llevarías. Esos pétalos llegan hasta la estrella más alejada de todas, la que dijiste que me darías. Esos pétalos llegan hasta el fin del mundo, donde me dijiste que me llevarías.
Ahora es a mí a la que toca recoger los pedazos que quedaron de mi destrozado corazón rojo. Rojo como los pétalos de aquellas rosas. Rojo como tus labios. Rojo como los lazos de los primeros regalos que me diste.
Ahora yo recojo los sonidos de vuestras discusiones, y el olor de vuestros besos.
Ya tu materialismo no me importa, pero siempre estará en mí el deseo de volver a tocar esas rosas como hacía antes. De apreciar esas mil rosas. De oler esas mil rosas. De llorar por esas mil rosas.
Me concedes este baile
Yo ya llevaba trece días detrás de él. Era tan guapo. No era la primera canción que me cantaba a la orilla de nuestra playa. No era la primera rosa que me regalaba. Pero tal vez iba a ser el primer beso que me daba.
Aquella tarde me invitó a aquel baile. Era el primer baile al que iba. Nunca había ido a uno, aunque siempre lo había querido.
Mis amigas me habían dedicado toda su tarde a dejarme elegante. Mucho maquillaje. Muchos vestidos probados. Muchos nervios en mi cuerpo.
Sentía como si estuviera al borde de la muerte. Un paso en falso y caería al vacío sin remisión.
El baile ya había empezado, pero nosotras aún continuábamos en mi frío cuarto.
Fuimos ya a la sala del hotel en la que se celebraba el baile. Ellas entraron antes que yo y cerraron la puerta. Ya acomodadas entré yo.
Todo a media luz. Todo decorado. Todo brillante.
Como única iluminación la bola de discoteca del alto techo.
Mi blanco vestido azulado con brillantes deslumbraba toda la pista.
Él me esperaba en el centro de la pista. Sus amigos se encargaban de la música. Sus amigos se encargaban de su ropa. Sus amigos se encargaban de que aquel baile fuera perfecto. Simple y sencillamente perfecto.
Caminando cinco pasos, él me miró y su sonrisa infantil se reflejó en el rostro. Un brillo especial aparecía en sus ojos esmeraldas. Sus grandes y preciosos ojos esmeraldas.
Lo primero que me dijo fue: “¿Me concedes este baile?”
Me concedes este baile. ¡Qué palabras tan mágicas!
Me tomó la mano y comenzamos con un baile muy lento. Sólo teníamos ojos el uno para el otro. No podíamos hacer otra cosa que observarnos fijamente sin separarnos.
Yo tenía miedo a pisarle con mis sandalias.
Él me soltó una mano y me acarició mi pelo perfectamente peinado. Lentamente se acercó a mi oído y me susurró: “Te quiero”
Seguimos bailando hasta que nos quedamos solos.
La canción se iba acabando. Yo sentía mi corazón que latía a cuatrocientas pulsaciones por minuto pero no me importaba porque por fin estaba junto a él en un momento mágico.
Nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo, y posteriormente le besé en la mejilla. Me miró y un brillo de satisfacción y felicidad apareció de nuevo en su rostro. Él sonrió como nunca antes lo había hecho.
Me dio la mano de nuevo, y dándome una vuelta dejamos atrás aquella sala mágica.
Nunca olvidaré lo primero que me dijo: “¿Me concedes este baile?”
Aquella tarde me invitó a aquel baile. Era el primer baile al que iba. Nunca había ido a uno, aunque siempre lo había querido.
Mis amigas me habían dedicado toda su tarde a dejarme elegante. Mucho maquillaje. Muchos vestidos probados. Muchos nervios en mi cuerpo.
Sentía como si estuviera al borde de la muerte. Un paso en falso y caería al vacío sin remisión.
El baile ya había empezado, pero nosotras aún continuábamos en mi frío cuarto.
Fuimos ya a la sala del hotel en la que se celebraba el baile. Ellas entraron antes que yo y cerraron la puerta. Ya acomodadas entré yo.
Todo a media luz. Todo decorado. Todo brillante.
Como única iluminación la bola de discoteca del alto techo.
Mi blanco vestido azulado con brillantes deslumbraba toda la pista.
Él me esperaba en el centro de la pista. Sus amigos se encargaban de la música. Sus amigos se encargaban de su ropa. Sus amigos se encargaban de que aquel baile fuera perfecto. Simple y sencillamente perfecto.
Caminando cinco pasos, él me miró y su sonrisa infantil se reflejó en el rostro. Un brillo especial aparecía en sus ojos esmeraldas. Sus grandes y preciosos ojos esmeraldas.
Lo primero que me dijo fue: “¿Me concedes este baile?”
Me concedes este baile. ¡Qué palabras tan mágicas!
Me tomó la mano y comenzamos con un baile muy lento. Sólo teníamos ojos el uno para el otro. No podíamos hacer otra cosa que observarnos fijamente sin separarnos.
Yo tenía miedo a pisarle con mis sandalias.
Él me soltó una mano y me acarició mi pelo perfectamente peinado. Lentamente se acercó a mi oído y me susurró: “Te quiero”
Seguimos bailando hasta que nos quedamos solos.
La canción se iba acabando. Yo sentía mi corazón que latía a cuatrocientas pulsaciones por minuto pero no me importaba porque por fin estaba junto a él en un momento mágico.
Nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo, y posteriormente le besé en la mejilla. Me miró y un brillo de satisfacción y felicidad apareció de nuevo en su rostro. Él sonrió como nunca antes lo había hecho.
Me dio la mano de nuevo, y dándome una vuelta dejamos atrás aquella sala mágica.
Nunca olvidaré lo primero que me dijo: “¿Me concedes este baile?”
La soledad no es un destino
Llegaba yo de mi sesión laboral, e introduciendo la llave de latón por la cerradura de cobre abrí la puerta del portal de mi morada.
Subí las treinta y tres escaleras que me separaban de la puerta de entrada de mi apartamento.
Dejando la mochila sobre la alfombra roída por los ratones, me adentré en mi lúgubre hogar. Las persianas estaban entre bajadas. El grifo goteaba. Y las bisagras de las puertas estaban oxidadas.
Yendo a la cocina, tomé la mitad de un bocadillo de queso que había dejado la noche anterior a medias. Cogí la cafetera y sirviéndome un café, entré en mi cuarto.
Yo estaba tan sola. Nadie vivía conmigo. Ni siquiera un gato que me acompañara en los momentos más difíciles que te empujan al suicidio. Ni siquiera un mendigo mudo que solo escuchara mis penas y quejidos.
Me senté sobre la vieja silla de madera a pensar mientras reflexionaba en lo que me quedaría de vida, y si aquel era mi destino: estar sola y sin nadie que me consuele.
Mientras bebía el templado café en la rota taza, tomé mi guitarra que estaba en la fría esquina.
La saqué de la bolsa de cuadros rojos y verdes, y la tomé. Estaba llena de polvo. Hacía mucho tiempo que no la tocaba.
De repente, la inspiración me vino a la cabeza, y tomando un lápiz y un papel de partitura, la canción me llegó.
Comencé a tocar y a escribir. Me sentí de tal manera que me di cuenta que mi destino no era estar sola. Mi guitarra estaría conmigo siempre.
Después de aquella tarde, salí de casa feliz, y todo fue rodado.
Tuve muchos amigos, y alguno más especial que otros, en el trabajo ascendía de mi posición rápidamente. Todo mi mundo se volvió más feliz por el simple hecho de que yo estaba feliz.
Está claro, que la soledad no es un destino, a menos que estés triste, y sea eso lo que tú subconsciente desea.
Subí las treinta y tres escaleras que me separaban de la puerta de entrada de mi apartamento.
Dejando la mochila sobre la alfombra roída por los ratones, me adentré en mi lúgubre hogar. Las persianas estaban entre bajadas. El grifo goteaba. Y las bisagras de las puertas estaban oxidadas.
Yendo a la cocina, tomé la mitad de un bocadillo de queso que había dejado la noche anterior a medias. Cogí la cafetera y sirviéndome un café, entré en mi cuarto.
Yo estaba tan sola. Nadie vivía conmigo. Ni siquiera un gato que me acompañara en los momentos más difíciles que te empujan al suicidio. Ni siquiera un mendigo mudo que solo escuchara mis penas y quejidos.
Me senté sobre la vieja silla de madera a pensar mientras reflexionaba en lo que me quedaría de vida, y si aquel era mi destino: estar sola y sin nadie que me consuele.
Mientras bebía el templado café en la rota taza, tomé mi guitarra que estaba en la fría esquina.
La saqué de la bolsa de cuadros rojos y verdes, y la tomé. Estaba llena de polvo. Hacía mucho tiempo que no la tocaba.
De repente, la inspiración me vino a la cabeza, y tomando un lápiz y un papel de partitura, la canción me llegó.
Comencé a tocar y a escribir. Me sentí de tal manera que me di cuenta que mi destino no era estar sola. Mi guitarra estaría conmigo siempre.
Después de aquella tarde, salí de casa feliz, y todo fue rodado.
Tuve muchos amigos, y alguno más especial que otros, en el trabajo ascendía de mi posición rápidamente. Todo mi mundo se volvió más feliz por el simple hecho de que yo estaba feliz.
Está claro, que la soledad no es un destino, a menos que estés triste, y sea eso lo que tú subconsciente desea.
Camarera, dos cortados
15 de Abril de 1945
Querido diario:
No sé por donde empezar. Tal vez por sus fríos y oscuros ojos que te penetraban en la mirada igual que la luz del sol en una mañana de verano. O tal vez por su blanca piel que hacía sacar esa sonrisa de la que nunca te acuerdas, esa sonrisa infantil. O quizá de su suave y rubia melena que le deslizaba por su fina espalda, igual que el agua al caer por una cascada en el lugar más remoto de la tierra.
También debería mencionar el flequillo que tapaba su blanca frente igual que multitud de lianas cubren la profundidad de la selva.
Como podría olvidarme de sus sonrosados coloretes que le salían cuando se equivocaba.
Todo ello la hacía perfecta, pero lo que más perfecta la hacía era su voz.
La primera vez que entré allí. La primera vez que la pedí algo. La primera vez que, sobre todo la vi.
Ella llevaba un apropiado vestido verde botella que la resaltaba las curvas más perfectas de su buen torneado cuerpo.
Para mí ella era una sílfide.
Para mí ella era mi Julieta.
Para mí ella era como un sueño imposible de alcanzar.
Me acerqué a su lugar de trabajo. Ella estaba de espaldas y yo la dije: “Camarera, dos cortados”. Ella se giró. Yo me quedé maravillado de su belleza indescriptible. Y ella, con su habitual tono de voz me dijo:”Sí, señor, ahora mismo”.
Su voz sonaba tan melancólica que ni los mismísimos cantos gregorianos me harían sentir así.
Colocando un billete de cinco duros sobre la mesa, ella me dio las gracias de la manera que yo nunca había oído. Fue un simple “Gracias, señor, que tenga buena día”, pero fue distinto.
Tomando mis consumiciones, dejé aquel lugar al que acudiría cada tarde, y nuestras miradas se cruzaran, aunque ella no se diera ni cuenta.
Ya había ido allí durante todo un mes, pidiendo las mismas consumiciones y pidiéndole lo mismo día tras día: “Camarera, dos cortados”, a lo que su respuesta tampoco variaba con el paso de los días: “Sí, señor, ahora mismo”. Estaba dispuesto a preguntarle su lindo nombre, y todo lo que pudiera, pero la crueldad del destino me jugó una mala pasada.
La noche anterior un desgraciado accidente hizo que todo acabara. En apenas treinta segundos la muchacha se rindió al suelo, y todo por caída por las escaleras, y allí quedó. Cuando supe todo esto mi reacción no fue alegre, precisamente. Enfurecido subí hasta mi piso en la octava planta.
Llevó ya aquí cerca de dos días enteros intentando escribir esto, pero las palabras para describir esta trágica historia, y sobre todo, a aquella bella muchacha son imposibles de encontrar. Es algo simplemente indescriptible.
Querido diario:
No sé por donde empezar. Tal vez por sus fríos y oscuros ojos que te penetraban en la mirada igual que la luz del sol en una mañana de verano. O tal vez por su blanca piel que hacía sacar esa sonrisa de la que nunca te acuerdas, esa sonrisa infantil. O quizá de su suave y rubia melena que le deslizaba por su fina espalda, igual que el agua al caer por una cascada en el lugar más remoto de la tierra.
También debería mencionar el flequillo que tapaba su blanca frente igual que multitud de lianas cubren la profundidad de la selva.
Como podría olvidarme de sus sonrosados coloretes que le salían cuando se equivocaba.
Todo ello la hacía perfecta, pero lo que más perfecta la hacía era su voz.
La primera vez que entré allí. La primera vez que la pedí algo. La primera vez que, sobre todo la vi.
Ella llevaba un apropiado vestido verde botella que la resaltaba las curvas más perfectas de su buen torneado cuerpo.
Para mí ella era una sílfide.
Para mí ella era mi Julieta.
Para mí ella era como un sueño imposible de alcanzar.
Me acerqué a su lugar de trabajo. Ella estaba de espaldas y yo la dije: “Camarera, dos cortados”. Ella se giró. Yo me quedé maravillado de su belleza indescriptible. Y ella, con su habitual tono de voz me dijo:”Sí, señor, ahora mismo”.
Su voz sonaba tan melancólica que ni los mismísimos cantos gregorianos me harían sentir así.
Colocando un billete de cinco duros sobre la mesa, ella me dio las gracias de la manera que yo nunca había oído. Fue un simple “Gracias, señor, que tenga buena día”, pero fue distinto.
Tomando mis consumiciones, dejé aquel lugar al que acudiría cada tarde, y nuestras miradas se cruzaran, aunque ella no se diera ni cuenta.
Ya había ido allí durante todo un mes, pidiendo las mismas consumiciones y pidiéndole lo mismo día tras día: “Camarera, dos cortados”, a lo que su respuesta tampoco variaba con el paso de los días: “Sí, señor, ahora mismo”. Estaba dispuesto a preguntarle su lindo nombre, y todo lo que pudiera, pero la crueldad del destino me jugó una mala pasada.
La noche anterior un desgraciado accidente hizo que todo acabara. En apenas treinta segundos la muchacha se rindió al suelo, y todo por caída por las escaleras, y allí quedó. Cuando supe todo esto mi reacción no fue alegre, precisamente. Enfurecido subí hasta mi piso en la octava planta.
Llevó ya aquí cerca de dos días enteros intentando escribir esto, pero las palabras para describir esta trágica historia, y sobre todo, a aquella bella muchacha son imposibles de encontrar. Es algo simplemente indescriptible.
sábado, 27 de febrero de 2010
Místicos deseos
Hacía mucho tiempo que no estaba en aquella gran fiesta que unía a gente de todos los rincones. Aquella gran celebración que daba rienda suelta a la imaginación. Aquella gran supernova de millones de estrellas juntas.
A aquel corto mes todos le llamaban febrero, pero yo prefería El Gran Carnaval.
El problema llegó cuando mi madre no me dejó acudir a aquella gran reunión. A aquel lugar en el que mis sueños se harían realidad.
Pero saltando por la ventana trasera de aquella casa tan vieja, pude salir por un día de aquel infierno al que yo llamaba mi vida.
Adentrándome sola por las lúgubres calles de aquella solitaria ciudad, que ocultaba un secreto ineludible: su gran fiesta de Carnaval.
Con aquella fría máscara que tapaba mi rostro avergonzado, me acerqué allí. Todo era fiesta y diversión. Todo era música y baile. Todo era los recuerdos que me había perdido durante todos estos años.
De pronto, una suave melodía se mezcló inesperadamente entre todo el jaleo. Mi mente se bloqueó en el vacío. Solo se oía esa voz. Aquella suave voz que podía retumbar en el universo. Aquella voz, que por su dulzura podía paralizar el tiempo que movía el mundo. Aquella voz que por su tono podría detener el planear de una gaviota.
Una simple pregunta que me heló el alma, pero me ardió el corazón: “¿Qué hora es?”.
Yo no sabía que algo tan simple como aquello podía provocar infinitas sensaciones en un único cuerpo.
Entonces, me giré. Mi mente continuaba saltando al vacío, aunque no podía caer, porque aquella voz la había bloqueado de tal manera que quedó pendida allí.
Todo mi mundo se paralizó ante aquel sonido. Era como si el sonido de la llamarada de un millón de velas sonara al unísono.
Contesté, temblorosa.
Tras largas horas, le busqué. Le busqué hasta en el infierno. Le busqué hasta en el cielo. Era imposible no podía haber desaparecido.
Ya desistí. Llegué a pensar que todo había sido una mera imaginación mía.
Al cabo de dos días, un cartel me aturdió la vista: “Tras treinta años de su fallecimiento, el enmascarado ataca de nuevo. Su única máscara roja color carmín ardiente, y sus ojos brillante celestial le delataban”
La definición coincidía a la perfección.
Mi mente ya pudo saltar al vacío, mi mente ya estaba saciada de amor a primera vista. Mi mente ya había encontrado el amor, cuya única comunicación era aquella máscara y sus ojos azabaches.
Salté al vacío sin miedo a caer.
A aquel corto mes todos le llamaban febrero, pero yo prefería El Gran Carnaval.
El problema llegó cuando mi madre no me dejó acudir a aquella gran reunión. A aquel lugar en el que mis sueños se harían realidad.
Pero saltando por la ventana trasera de aquella casa tan vieja, pude salir por un día de aquel infierno al que yo llamaba mi vida.
Adentrándome sola por las lúgubres calles de aquella solitaria ciudad, que ocultaba un secreto ineludible: su gran fiesta de Carnaval.
Con aquella fría máscara que tapaba mi rostro avergonzado, me acerqué allí. Todo era fiesta y diversión. Todo era música y baile. Todo era los recuerdos que me había perdido durante todos estos años.
De pronto, una suave melodía se mezcló inesperadamente entre todo el jaleo. Mi mente se bloqueó en el vacío. Solo se oía esa voz. Aquella suave voz que podía retumbar en el universo. Aquella voz, que por su dulzura podía paralizar el tiempo que movía el mundo. Aquella voz que por su tono podría detener el planear de una gaviota.
Una simple pregunta que me heló el alma, pero me ardió el corazón: “¿Qué hora es?”.
Yo no sabía que algo tan simple como aquello podía provocar infinitas sensaciones en un único cuerpo.
Entonces, me giré. Mi mente continuaba saltando al vacío, aunque no podía caer, porque aquella voz la había bloqueado de tal manera que quedó pendida allí.
Todo mi mundo se paralizó ante aquel sonido. Era como si el sonido de la llamarada de un millón de velas sonara al unísono.
Contesté, temblorosa.
Tras largas horas, le busqué. Le busqué hasta en el infierno. Le busqué hasta en el cielo. Era imposible no podía haber desaparecido.
Ya desistí. Llegué a pensar que todo había sido una mera imaginación mía.
Al cabo de dos días, un cartel me aturdió la vista: “Tras treinta años de su fallecimiento, el enmascarado ataca de nuevo. Su única máscara roja color carmín ardiente, y sus ojos brillante celestial le delataban”
La definición coincidía a la perfección.
Mi mente ya pudo saltar al vacío, mi mente ya estaba saciada de amor a primera vista. Mi mente ya había encontrado el amor, cuya única comunicación era aquella máscara y sus ojos azabaches.
Salté al vacío sin miedo a caer.
jueves, 4 de febrero de 2010
AM & FM
En aquella soleada y calurosa mañana de agosto, yo me había despertado con poca energía. Descendiendo las escaleras que me separaban de mi desayuno, pensé: "Otra mañana más, otro largo día" No había nada ni nadie que me pudieran animar.
Tomando la gran taza de desayuno que tenía desde que yo era pequeña, encendí la radio.
No esperaba nada. No esperaba a nadie. No esperaba llamadas. No esperaba que me dieran ni las gracias.
Ese sábado no madrugué. Nadie me esperaba en la pequeña y húmeda oficina.
De todos los programas radiofónicos, el que más me gustaban eran las dedicaciones. Me gustaba oír a la gente como amaba a otra mucha gente. Yo llevaba ya cerca de tres años sin señales de aquella sensación, que podía llegar a dejar estragos en muchos lugares, como los jóvenes corazones.
Entonces, mi nombre sonó en la radio: "Y aquí está la primera dedicación de amor de la mañana, para la joven de pijama azul de la calle 22"
Mi pijama era azul y mi calle correspondía a aquel número. Miré por la ventana y había un joven extrañamente reconocido mirando hacia mi casa, con un teléfono en su mano izquierda.
Que cálida sensación la de aquel muchacho. Después de eso, cada mañana había un dedicación para mí en el mismo dial, en la misma radio, a la misma hora. Cada mañana.
Tomando la gran taza de desayuno que tenía desde que yo era pequeña, encendí la radio.
No esperaba nada. No esperaba a nadie. No esperaba llamadas. No esperaba que me dieran ni las gracias.
Ese sábado no madrugué. Nadie me esperaba en la pequeña y húmeda oficina.
De todos los programas radiofónicos, el que más me gustaban eran las dedicaciones. Me gustaba oír a la gente como amaba a otra mucha gente. Yo llevaba ya cerca de tres años sin señales de aquella sensación, que podía llegar a dejar estragos en muchos lugares, como los jóvenes corazones.
Entonces, mi nombre sonó en la radio: "Y aquí está la primera dedicación de amor de la mañana, para la joven de pijama azul de la calle 22"
Mi pijama era azul y mi calle correspondía a aquel número. Miré por la ventana y había un joven extrañamente reconocido mirando hacia mi casa, con un teléfono en su mano izquierda.
Que cálida sensación la de aquel muchacho. Después de eso, cada mañana había un dedicación para mí en el mismo dial, en la misma radio, a la misma hora. Cada mañana.
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