Hacía mucho tiempo que no estaba en aquella gran fiesta que unía a gente de todos los rincones. Aquella gran celebración que daba rienda suelta a la imaginación. Aquella gran supernova de millones de estrellas juntas.
A aquel corto mes todos le llamaban febrero, pero yo prefería El Gran Carnaval.
El problema llegó cuando mi madre no me dejó acudir a aquella gran reunión. A aquel lugar en el que mis sueños se harían realidad.
Pero saltando por la ventana trasera de aquella casa tan vieja, pude salir por un día de aquel infierno al que yo llamaba mi vida.
Adentrándome sola por las lúgubres calles de aquella solitaria ciudad, que ocultaba un secreto ineludible: su gran fiesta de Carnaval.
Con aquella fría máscara que tapaba mi rostro avergonzado, me acerqué allí. Todo era fiesta y diversión. Todo era música y baile. Todo era los recuerdos que me había perdido durante todos estos años.
De pronto, una suave melodía se mezcló inesperadamente entre todo el jaleo. Mi mente se bloqueó en el vacío. Solo se oía esa voz. Aquella suave voz que podía retumbar en el universo. Aquella voz, que por su dulzura podía paralizar el tiempo que movía el mundo. Aquella voz que por su tono podría detener el planear de una gaviota.
Una simple pregunta que me heló el alma, pero me ardió el corazón: “¿Qué hora es?”.
Yo no sabía que algo tan simple como aquello podía provocar infinitas sensaciones en un único cuerpo.
Entonces, me giré. Mi mente continuaba saltando al vacío, aunque no podía caer, porque aquella voz la había bloqueado de tal manera que quedó pendida allí.
Todo mi mundo se paralizó ante aquel sonido. Era como si el sonido de la llamarada de un millón de velas sonara al unísono.
Contesté, temblorosa.
Tras largas horas, le busqué. Le busqué hasta en el infierno. Le busqué hasta en el cielo. Era imposible no podía haber desaparecido.
Ya desistí. Llegué a pensar que todo había sido una mera imaginación mía.
Al cabo de dos días, un cartel me aturdió la vista: “Tras treinta años de su fallecimiento, el enmascarado ataca de nuevo. Su única máscara roja color carmín ardiente, y sus ojos brillante celestial le delataban”
La definición coincidía a la perfección.
Mi mente ya pudo saltar al vacío, mi mente ya estaba saciada de amor a primera vista. Mi mente ya había encontrado el amor, cuya única comunicación era aquella máscara y sus ojos azabaches.
Salté al vacío sin miedo a caer.
sábado, 27 de febrero de 2010
jueves, 4 de febrero de 2010
AM & FM
En aquella soleada y calurosa mañana de agosto, yo me había despertado con poca energía. Descendiendo las escaleras que me separaban de mi desayuno, pensé: "Otra mañana más, otro largo día" No había nada ni nadie que me pudieran animar.
Tomando la gran taza de desayuno que tenía desde que yo era pequeña, encendí la radio.
No esperaba nada. No esperaba a nadie. No esperaba llamadas. No esperaba que me dieran ni las gracias.
Ese sábado no madrugué. Nadie me esperaba en la pequeña y húmeda oficina.
De todos los programas radiofónicos, el que más me gustaban eran las dedicaciones. Me gustaba oír a la gente como amaba a otra mucha gente. Yo llevaba ya cerca de tres años sin señales de aquella sensación, que podía llegar a dejar estragos en muchos lugares, como los jóvenes corazones.
Entonces, mi nombre sonó en la radio: "Y aquí está la primera dedicación de amor de la mañana, para la joven de pijama azul de la calle 22"
Mi pijama era azul y mi calle correspondía a aquel número. Miré por la ventana y había un joven extrañamente reconocido mirando hacia mi casa, con un teléfono en su mano izquierda.
Que cálida sensación la de aquel muchacho. Después de eso, cada mañana había un dedicación para mí en el mismo dial, en la misma radio, a la misma hora. Cada mañana.
Tomando la gran taza de desayuno que tenía desde que yo era pequeña, encendí la radio.
No esperaba nada. No esperaba a nadie. No esperaba llamadas. No esperaba que me dieran ni las gracias.
Ese sábado no madrugué. Nadie me esperaba en la pequeña y húmeda oficina.
De todos los programas radiofónicos, el que más me gustaban eran las dedicaciones. Me gustaba oír a la gente como amaba a otra mucha gente. Yo llevaba ya cerca de tres años sin señales de aquella sensación, que podía llegar a dejar estragos en muchos lugares, como los jóvenes corazones.
Entonces, mi nombre sonó en la radio: "Y aquí está la primera dedicación de amor de la mañana, para la joven de pijama azul de la calle 22"
Mi pijama era azul y mi calle correspondía a aquel número. Miré por la ventana y había un joven extrañamente reconocido mirando hacia mi casa, con un teléfono en su mano izquierda.
Que cálida sensación la de aquel muchacho. Después de eso, cada mañana había un dedicación para mí en el mismo dial, en la misma radio, a la misma hora. Cada mañana.
Años luz
Ya llevaba yo cerca de tres años dándole vueltas al asunto. Y, ¿por qué no? Tal vez podía. Puede que fuera mi destino estar allí.
Me apoyé en la cama, y me puse a cavilar. El cavile se volvía cada vez más intenso.
Desde que era muy pequeña siempre había soñado con este momento, pero sobre todo con el momento de poder subir allí de una vez. Yo siempre me había imaginado como sería el mundo allí fuera, oscuro, solitario, frío, pero precioso al mismo tiempo.
Tres días después, lo pensé detenidamente, y ¿por qué yo no podía? Si quería me podría hacer con ello.
Y después de nueve años de eternos madrugones y duros entrenamientos en la base, lo conseguí. Por fin iba a llegar allí arriba. Con los grandes. Iba a poder estar próxima al lugar más mirado por el mundo. El espacio exterior.
Ya llegué a la base, y con mi traje de astronauta, me dirigí al cohete.
Entrando por aquella puerta de metal, que marcaría mi vida por el resto de los tiempos, llegué al cohete. Al cohete que me llevaría a mis sueños más infantiles.
Ya llevábamos volando cerca de un minuto y yo miraba al suelo, y sólo podía ver puntos muy pequeños, las personas.
Continuamos con la expedición. Ahora, ya habíamos pasado la primera capa de la densa atmósfera, y yo sentía cada vez más nerviosismo. Me daba la sensación de que el cohete se iba a caer. Como la vagoneta de una mina y ésta se derrumba. Sentía miedo, pero felicidad. Era un cóctel de emociones que yo debería tomar en un vaso muy frío de valentía.
Ya salimos de aquella espesa capa de gases, que era como una densa selva toda llena de lianas.
Ya estaba allí, en el frío espacio lleno de míticas leyendas que ahora tendría que descubrir si eran verdad o no.
Todo era muy oscuro. Mientras miraba por la ventanilla al hogar que dejaba atrás, mis compañeros de cabina se sonreían, al verme tan emocionada. Era mi primera expedición. No sabía si volvería, así que tenía que ver lo que dejaba atrás.
Todos mis recuerdos se quedaban allí. Todos mis recuerdos.
En aquel momento ya sentí más confianza, y pensé que no pasaría nada. ¡Qué equivocada estaba!
En aquel momento, una alarma saltó, una luz roja se iluminó y todos mis compañeros estaban angustiados. Acabábamos de perder una parte de la nave al colisionar con un asteroide. La herida era bastante grave. Tanto que había atravesado la espesa capa de la que se formaba el cohete. Todos allí fuimos perdiendo el aire rápidamente. Pero antes pensé que esto no era el final. Mi cuerpo se quedaría flotando en el que, durante muchos años, había sido mi sueño, allí a años luz.
Me apoyé en la cama, y me puse a cavilar. El cavile se volvía cada vez más intenso.
Desde que era muy pequeña siempre había soñado con este momento, pero sobre todo con el momento de poder subir allí de una vez. Yo siempre me había imaginado como sería el mundo allí fuera, oscuro, solitario, frío, pero precioso al mismo tiempo.
Tres días después, lo pensé detenidamente, y ¿por qué yo no podía? Si quería me podría hacer con ello.
Y después de nueve años de eternos madrugones y duros entrenamientos en la base, lo conseguí. Por fin iba a llegar allí arriba. Con los grandes. Iba a poder estar próxima al lugar más mirado por el mundo. El espacio exterior.
Ya llegué a la base, y con mi traje de astronauta, me dirigí al cohete.
Entrando por aquella puerta de metal, que marcaría mi vida por el resto de los tiempos, llegué al cohete. Al cohete que me llevaría a mis sueños más infantiles.
Ya llevábamos volando cerca de un minuto y yo miraba al suelo, y sólo podía ver puntos muy pequeños, las personas.
Continuamos con la expedición. Ahora, ya habíamos pasado la primera capa de la densa atmósfera, y yo sentía cada vez más nerviosismo. Me daba la sensación de que el cohete se iba a caer. Como la vagoneta de una mina y ésta se derrumba. Sentía miedo, pero felicidad. Era un cóctel de emociones que yo debería tomar en un vaso muy frío de valentía.
Ya salimos de aquella espesa capa de gases, que era como una densa selva toda llena de lianas.
Ya estaba allí, en el frío espacio lleno de míticas leyendas que ahora tendría que descubrir si eran verdad o no.
Todo era muy oscuro. Mientras miraba por la ventanilla al hogar que dejaba atrás, mis compañeros de cabina se sonreían, al verme tan emocionada. Era mi primera expedición. No sabía si volvería, así que tenía que ver lo que dejaba atrás.
Todos mis recuerdos se quedaban allí. Todos mis recuerdos.
En aquel momento ya sentí más confianza, y pensé que no pasaría nada. ¡Qué equivocada estaba!
En aquel momento, una alarma saltó, una luz roja se iluminó y todos mis compañeros estaban angustiados. Acabábamos de perder una parte de la nave al colisionar con un asteroide. La herida era bastante grave. Tanto que había atravesado la espesa capa de la que se formaba el cohete. Todos allí fuimos perdiendo el aire rápidamente. Pero antes pensé que esto no era el final. Mi cuerpo se quedaría flotando en el que, durante muchos años, había sido mi sueño, allí a años luz.
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