Yo ya llevaba trece días detrás de él. Era tan guapo. No era la primera canción que me cantaba a la orilla de nuestra playa. No era la primera rosa que me regalaba. Pero tal vez iba a ser el primer beso que me daba.
Aquella tarde me invitó a aquel baile. Era el primer baile al que iba. Nunca había ido a uno, aunque siempre lo había querido.
Mis amigas me habían dedicado toda su tarde a dejarme elegante. Mucho maquillaje. Muchos vestidos probados. Muchos nervios en mi cuerpo.
Sentía como si estuviera al borde de la muerte. Un paso en falso y caería al vacío sin remisión.
El baile ya había empezado, pero nosotras aún continuábamos en mi frío cuarto.
Fuimos ya a la sala del hotel en la que se celebraba el baile. Ellas entraron antes que yo y cerraron la puerta. Ya acomodadas entré yo.
Todo a media luz. Todo decorado. Todo brillante.
Como única iluminación la bola de discoteca del alto techo.
Mi blanco vestido azulado con brillantes deslumbraba toda la pista.
Él me esperaba en el centro de la pista. Sus amigos se encargaban de la música. Sus amigos se encargaban de su ropa. Sus amigos se encargaban de que aquel baile fuera perfecto. Simple y sencillamente perfecto.
Caminando cinco pasos, él me miró y su sonrisa infantil se reflejó en el rostro. Un brillo especial aparecía en sus ojos esmeraldas. Sus grandes y preciosos ojos esmeraldas.
Lo primero que me dijo fue: “¿Me concedes este baile?”
Me concedes este baile. ¡Qué palabras tan mágicas!
Me tomó la mano y comenzamos con un baile muy lento. Sólo teníamos ojos el uno para el otro. No podíamos hacer otra cosa que observarnos fijamente sin separarnos.
Yo tenía miedo a pisarle con mis sandalias.
Él me soltó una mano y me acarició mi pelo perfectamente peinado. Lentamente se acercó a mi oído y me susurró: “Te quiero”
Seguimos bailando hasta que nos quedamos solos.
La canción se iba acabando. Yo sentía mi corazón que latía a cuatrocientas pulsaciones por minuto pero no me importaba porque por fin estaba junto a él en un momento mágico.
Nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo, y posteriormente le besé en la mejilla. Me miró y un brillo de satisfacción y felicidad apareció de nuevo en su rostro. Él sonrió como nunca antes lo había hecho.
Me dio la mano de nuevo, y dándome una vuelta dejamos atrás aquella sala mágica.
Nunca olvidaré lo primero que me dijo: “¿Me concedes este baile?”
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario