15 de Abril de 1945
Querido diario:
No sé por donde empezar. Tal vez por sus fríos y oscuros ojos que te penetraban en la mirada igual que la luz del sol en una mañana de verano. O tal vez por su blanca piel que hacía sacar esa sonrisa de la que nunca te acuerdas, esa sonrisa infantil. O quizá de su suave y rubia melena que le deslizaba por su fina espalda, igual que el agua al caer por una cascada en el lugar más remoto de la tierra.
También debería mencionar el flequillo que tapaba su blanca frente igual que multitud de lianas cubren la profundidad de la selva.
Como podría olvidarme de sus sonrosados coloretes que le salían cuando se equivocaba.
Todo ello la hacía perfecta, pero lo que más perfecta la hacía era su voz.
La primera vez que entré allí. La primera vez que la pedí algo. La primera vez que, sobre todo la vi.
Ella llevaba un apropiado vestido verde botella que la resaltaba las curvas más perfectas de su buen torneado cuerpo.
Para mí ella era una sílfide.
Para mí ella era mi Julieta.
Para mí ella era como un sueño imposible de alcanzar.
Me acerqué a su lugar de trabajo. Ella estaba de espaldas y yo la dije: “Camarera, dos cortados”. Ella se giró. Yo me quedé maravillado de su belleza indescriptible. Y ella, con su habitual tono de voz me dijo:”Sí, señor, ahora mismo”.
Su voz sonaba tan melancólica que ni los mismísimos cantos gregorianos me harían sentir así.
Colocando un billete de cinco duros sobre la mesa, ella me dio las gracias de la manera que yo nunca había oído. Fue un simple “Gracias, señor, que tenga buena día”, pero fue distinto.
Tomando mis consumiciones, dejé aquel lugar al que acudiría cada tarde, y nuestras miradas se cruzaran, aunque ella no se diera ni cuenta.
Ya había ido allí durante todo un mes, pidiendo las mismas consumiciones y pidiéndole lo mismo día tras día: “Camarera, dos cortados”, a lo que su respuesta tampoco variaba con el paso de los días: “Sí, señor, ahora mismo”. Estaba dispuesto a preguntarle su lindo nombre, y todo lo que pudiera, pero la crueldad del destino me jugó una mala pasada.
La noche anterior un desgraciado accidente hizo que todo acabara. En apenas treinta segundos la muchacha se rindió al suelo, y todo por caída por las escaleras, y allí quedó. Cuando supe todo esto mi reacción no fue alegre, precisamente. Enfurecido subí hasta mi piso en la octava planta.
Llevó ya aquí cerca de dos días enteros intentando escribir esto, pero las palabras para describir esta trágica historia, y sobre todo, a aquella bella muchacha son imposibles de encontrar. Es algo simplemente indescriptible.
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