Llegaba yo de mi sesión laboral, e introduciendo la llave de latón por la cerradura de cobre abrí la puerta del portal de mi morada.
Subí las treinta y tres escaleras que me separaban de la puerta de entrada de mi apartamento.
Dejando la mochila sobre la alfombra roída por los ratones, me adentré en mi lúgubre hogar. Las persianas estaban entre bajadas. El grifo goteaba. Y las bisagras de las puertas estaban oxidadas.
Yendo a la cocina, tomé la mitad de un bocadillo de queso que había dejado la noche anterior a medias. Cogí la cafetera y sirviéndome un café, entré en mi cuarto.
Yo estaba tan sola. Nadie vivía conmigo. Ni siquiera un gato que me acompañara en los momentos más difíciles que te empujan al suicidio. Ni siquiera un mendigo mudo que solo escuchara mis penas y quejidos.
Me senté sobre la vieja silla de madera a pensar mientras reflexionaba en lo que me quedaría de vida, y si aquel era mi destino: estar sola y sin nadie que me consuele.
Mientras bebía el templado café en la rota taza, tomé mi guitarra que estaba en la fría esquina.
La saqué de la bolsa de cuadros rojos y verdes, y la tomé. Estaba llena de polvo. Hacía mucho tiempo que no la tocaba.
De repente, la inspiración me vino a la cabeza, y tomando un lápiz y un papel de partitura, la canción me llegó.
Comencé a tocar y a escribir. Me sentí de tal manera que me di cuenta que mi destino no era estar sola. Mi guitarra estaría conmigo siempre.
Después de aquella tarde, salí de casa feliz, y todo fue rodado.
Tuve muchos amigos, y alguno más especial que otros, en el trabajo ascendía de mi posición rápidamente. Todo mi mundo se volvió más feliz por el simple hecho de que yo estaba feliz.
Está claro, que la soledad no es un destino, a menos que estés triste, y sea eso lo que tú subconsciente desea.
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