En aquella soleada y calurosa mañana de agosto, yo me había despertado con poca energía. Descendiendo las escaleras que me separaban de mi desayuno, pensé: "Otra mañana más, otro largo día" No había nada ni nadie que me pudieran animar.
Tomando la gran taza de desayuno que tenía desde que yo era pequeña, encendí la radio.
No esperaba nada. No esperaba a nadie. No esperaba llamadas. No esperaba que me dieran ni las gracias.
Ese sábado no madrugué. Nadie me esperaba en la pequeña y húmeda oficina.
De todos los programas radiofónicos, el que más me gustaban eran las dedicaciones. Me gustaba oír a la gente como amaba a otra mucha gente. Yo llevaba ya cerca de tres años sin señales de aquella sensación, que podía llegar a dejar estragos en muchos lugares, como los jóvenes corazones.
Entonces, mi nombre sonó en la radio: "Y aquí está la primera dedicación de amor de la mañana, para la joven de pijama azul de la calle 22"
Mi pijama era azul y mi calle correspondía a aquel número. Miré por la ventana y había un joven extrañamente reconocido mirando hacia mi casa, con un teléfono en su mano izquierda.
Que cálida sensación la de aquel muchacho. Después de eso, cada mañana había un dedicación para mí en el mismo dial, en la misma radio, a la misma hora. Cada mañana.
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