Ya llevaba yo cerca de tres años dándole vueltas al asunto. Y, ¿por qué no? Tal vez podía. Puede que fuera mi destino estar allí.
Me apoyé en la cama, y me puse a cavilar. El cavile se volvía cada vez más intenso.
Desde que era muy pequeña siempre había soñado con este momento, pero sobre todo con el momento de poder subir allí de una vez. Yo siempre me había imaginado como sería el mundo allí fuera, oscuro, solitario, frío, pero precioso al mismo tiempo.
Tres días después, lo pensé detenidamente, y ¿por qué yo no podía? Si quería me podría hacer con ello.
Y después de nueve años de eternos madrugones y duros entrenamientos en la base, lo conseguí. Por fin iba a llegar allí arriba. Con los grandes. Iba a poder estar próxima al lugar más mirado por el mundo. El espacio exterior.
Ya llegué a la base, y con mi traje de astronauta, me dirigí al cohete.
Entrando por aquella puerta de metal, que marcaría mi vida por el resto de los tiempos, llegué al cohete. Al cohete que me llevaría a mis sueños más infantiles.
Ya llevábamos volando cerca de un minuto y yo miraba al suelo, y sólo podía ver puntos muy pequeños, las personas.
Continuamos con la expedición. Ahora, ya habíamos pasado la primera capa de la densa atmósfera, y yo sentía cada vez más nerviosismo. Me daba la sensación de que el cohete se iba a caer. Como la vagoneta de una mina y ésta se derrumba. Sentía miedo, pero felicidad. Era un cóctel de emociones que yo debería tomar en un vaso muy frío de valentía.
Ya salimos de aquella espesa capa de gases, que era como una densa selva toda llena de lianas.
Ya estaba allí, en el frío espacio lleno de míticas leyendas que ahora tendría que descubrir si eran verdad o no.
Todo era muy oscuro. Mientras miraba por la ventanilla al hogar que dejaba atrás, mis compañeros de cabina se sonreían, al verme tan emocionada. Era mi primera expedición. No sabía si volvería, así que tenía que ver lo que dejaba atrás.
Todos mis recuerdos se quedaban allí. Todos mis recuerdos.
En aquel momento ya sentí más confianza, y pensé que no pasaría nada. ¡Qué equivocada estaba!
En aquel momento, una alarma saltó, una luz roja se iluminó y todos mis compañeros estaban angustiados. Acabábamos de perder una parte de la nave al colisionar con un asteroide. La herida era bastante grave. Tanto que había atravesado la espesa capa de la que se formaba el cohete. Todos allí fuimos perdiendo el aire rápidamente. Pero antes pensé que esto no era el final. Mi cuerpo se quedaría flotando en el que, durante muchos años, había sido mi sueño, allí a años luz.
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